La concepción freudiana de la agresividad como componente constitutivo de la vida pulsional humana permite comprender que el vínculo con el semejante se encuentra atravesado, desde su origen, por una ambivalencia estructural. Tal como señala Sigmund Freud en El malestar en la cultura, el prójimo no es solamente objeto de amor y cooperación, sino también potencial destinatario de hostilidad, explotación y destrucción.
En diálogo con esta visión, las teorías del apego aportan una contraparte relacional que no anula la agresividad pulsional, pero sí enfatiza una disposición
innata del ser humano a la proximidad, la vinculación y la cooperación, que se manifiestan en la búsqueda de cercanía, la sensibilidad a las señales afectivas y la regulación conjunta de los estados emocionales fundamentales en el desarrollo humano, indispensables para la supervivencia y el desarrollo emocional.
El sentimiento de seguridad favorece la capacidad de confiar, de empatizar y de colaborar, mostrando que la vida relacional humana se funda no solo en tensiones pulsionales sino también en una disposición hacia el encuentro y la cohesión.
Esta doble condición — agresividad y sociabilidad y cooperación, — no se resuelve en una síntesis simple; más bien, configura una paradoja básica de la existencia humana. En cada vínculo, no sólo se juegan deseos y frustraciones, sino también la tensión entre la autoafirmación y el reconocimiento mutuo donde el otro es visto como un igual. Según Jessica Benjamin, esta tensión no es un obstáculo a eliminar, sino una dinámica ineludible que, si no puede ser sostenida, tiende a desbordarse en configuraciones de dominación y sumisión, que reproducen patrones de relación donde el otro deja de ser sujeto y pasa a ser objeto.
Lic. Mariela De Filpo Beascoechea





