Si el humor es una forma del aparato psíquico de rehuir el sufrimiento, igual que tantos otros que identificamos como patológicos (embriaguez, ensimismamiento, locura) o como el chiste cómico, que sólo está al servicio del placer o de la agresión, ¿por qué la actitud humorística mantiene el estatus de salud mental? En qué consiste esta actitud que permite rechazar el sufrimiento, afirmar la superabilidad del yo ante el mundo real, ¿que posibilita el triunfo del principio de placer y todo ello sin abandonar el terreno de la salud mental?
El humor significa un rechazo de la realidad, pero sobre todo con el valor de la intensión al servicio de una ilusión, lo que vale es la intención, no tanto el contenido en sí mismo. Permite cambiar el modo de afrontar la realidad sin dejar de mirarla, es un modo no resignado, rebelde.
El humor como creación simbólica de carácter sorpresivo que incorpora un nuevo sentido, abre, amplía, allí donde la angustia impide enunciar seriamente o explicativamente algo que puede ser dicho o escuchado gracias a este giro que el humor posibilita.
Algunas diferencias entre el chiste y el humor 1
En lo cómico encontramos la universalidad y en el humor lo particular y diferente.
Lo cómico lo es más, cuánto más cerca esté del significado, podríamos decir que es literal (la caída brusca, la bofetada del payaso, el tirarse una tarta a la cara). Está más en el registro de la imagen, pudiendo prescindir del lenguaje. En cambio, el humor depende más del lenguaje y está ligado a lo particular y diferente. Por eso decimos que para entender el sentido del humor de alguien hay que estar en la misma frecuencia, o en la misma onda.
Freud señala otra diferencia tópica entre el humor y lo cómico.
Lo cómico, dice, es dual, se maneja en el plano narcisista del yo con la imagen donde ésta es de alguna manera deformada, transgredida, nos reímos del descalabro de esa imagen como pasa en los dibujos animados, los gags, etc.
En cambio, en el humor manejamos un código que trasciendo al que encarna el humorismo, que actúa como tercero, se pone en juego lo simbólico y de allí que no sea ya dual sino terciario, están en juego, el humorista, el receptor y el código humorístico que comparten que permite la creación de algo nuevo en aquello que se dice y abre un espacio para poder decir lo indecible.
¿podríamos pensar, a la manera del inconsciente originario de Hugo Bleichmar, que no siempre se utiliza el humor como acceso a una “verdad” negada o reprimida, sino que podemos utilizarlo como recurso para inscribir un nuevo sentido, algo que no existía, algo no inscripto en el inconsciente aún, y que, a partir del humor como recurso terapéutico, se instala y además accede a la consciencia?
Es decir que no sólo estamos en la dimensión de la verdad como contenido reprimido sino también de aquello que no ha existido y es creado.
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Por un lado, el chiste existe gracias a que existe la represión, la desmentida, donde el placer se da cuando se puede transgredir el discurso del yo oficial que nos dice lo que es racionalmente aceptable. Pero también el efecto de la intensión humorística puede darse allí donde no hay experiencia ninguna. El self puede experimentar un nuevo modo de estar en relación en momentos de alta intensidad emocional, con una tendencia a la buena aceptación de lo que acontece, una predisposición a simbolizar lo que ocurre, como antesala de la palabra.
Lic. Mariela De Filpo Beascoechea





