A veces, el síntoma de un niño no es otra cosa que la palabra que la familia no puede pronunciar.
Cuando una conducta preocupa, incomoda o desborda, con frecuencia se intenta corregirla rápidamente: etiquetarla, silenciarla o delegarla en el niño como si fuese un problema individual. Sin embargo, desde una lectura psicoanalítica, el síntoma infantil no surge en el vacío. Se inscribe en una trama vincular, en una estructura familiar que, muchas veces sin saberlo, deposita allí aquello que no logra interrogar de sí misma.
Y esto no implica necesariamente la presencia de conflictos evidentes, rupturas o maltrato. Existen familias amorosas, comprometidas, que cuidan y desean lo mejor para sus hijos. Pero incluso en esos contextos, cuando los adultos quedan ubicados en un lugar incuestionable , seguros de que “todo está bien” de su lado, el malestar puede quedar alojado en el niño como único portador posible de la dificultad.
El niño queda entonces en el lugar de portavoz: encarna, en su cuerpo o en su comportamiento, una dificultad que pertenece al lazo. No porque “tenga” el problema, sino porque lo muestra.
Escuchar un síntoma implica algo más que intervenir sobre el niño: supone abrir preguntas en la familia, habilitar la duda, permitir que algo del orden establecido pueda moverse. Allí donde aparece la posibilidad de cuestionamiento, también aparece la posibilidad de transformación.
Porque ningún niño debería cargar solo con lo que es, en realidad, un asunto de todos.
Lic. Mariela De Filpo Beascoechea





