Recuerdo cuando era muy pequeñita que me sentaban en el umbral de la vereda y me sentía libre, porque mi bisabuela, mama la llamábamos, me miraba. Aunque yo estaba de espaldas a ella, sentía su mirada de cuidado y amor. Era como una cálida caricia en mi espalda y abrazo a la vez. Me sentía segura y entonces me levantaba a caminar por ahí… libre, feliz, porque ella solo avisaba a mi madre cuando yo salía de su campo de visión, segura ella también ya que era también muy cuidada/mirada. . Desde el psicoanálisis y la teoría del apego, la mirada del Otro puede operar como sostén o como captura.
Cómo plantea Winnicott, cuando nos habla de la capacidad para estar a solas, el cuidado crea el espacio potencial donde algo nuevo puede advenir.
En la teoría del apego, la mirada del cuidador cumple una función reguladora. El niño puede explorar sin preocupación porque hay una mirada disponible, constante, que no lo pierde de vista pero tampoco lo absorbe. Esa mirada hace de base segura: no empuja ni abandona, autoriza la distancia.
Si pensamos lo que plantea Lacan, que la mirada no implica solo lo que se ve, sino desde dónde se es visto, si no es desde el control, la mirada del otro puede funcionar como punto de anclaje simbólico que habilita la libertad del sujeto, porque no queda atrapado en la demanda de una mirada controladora.
Aquí traigo a Dalmau ( El elogio de la mirada) cuando piensa la mirada como acto clínico y ético. Dice que Mirar es un gesto ético cuando implica renunciar al control y admitir que hay algo que se nos escapa, nos invita a pensar la mirada no como dominio, sino como apertura. Mirar no es saberlo todo, sino detenerse, dejarse afectar, aceptar que hay algo del mundo que no se deja capturar del todo Una mirada que no totaliza al sujeto ni lo reduce a una imagen cerrada. Una mirada que sostiene sin fijar, que acompaña sin colonizar. Esa mirada no define quién debes ser sino que permite que algo de lo propio, emerja.
Y en diálogo con Roland Barthes, señala que la mirada puede herir o abrir. Y lo podemos relacionar con el concepto de Barthes de punctum (La cámara lúcida) que no es lo evidente sino lo que nos toca de aquello que miramos. Una mirada sostenedora no captura la imagen del otro como algo ya definido sino que deja un resto, algo que estaría fuera de campo, un margen de libertad. Mirar al otro sería como el punctum si nos dejamos afectar por su singularidad y desde nuestra subjetividad.
Por eso, no celebro la independencia como ideal, sino la posibilidad de lazo ya que la libertad no surge en el vacío, sino en una trama de relaciones que hacen de soporte apelo a un mundo en Libertad en este sentido de la Libertad.
Lic. Mariela De Filpo Beascoechea





