La concepción freudiana de la agresividad como componente constitutivo de la vida pulsional humana permite comprender que el vínculo con el semejante se encuentra atravesado, desde su origen, por una ambivalencia estructural. Tal como señala Sigmund Freud en El malestar en la cultura, el prójimo no es solamente objeto de amor y cooperación, sino también potencial destinatario de hostilidad, explotación y destrucción.
En diálogo con esta visión, las teorías del apego aportan una contraparte relacional que no anula la agresividad pulsional, pero sí enfatiza una disposición innata del ser humano a la proximidad, la vinculación y la cooperación, que se manifiestan en la búsqueda de cercanía, la sensibilidad a las señales afectivas y la regulación conjunta de los estados emocionales fundamentales en el desarrollo humano, indispensables para la supervivencia y el desarrollo emocional. El sentimiento de seguridad favorece la capacidad de confiar, de empatizar y de colaborar, mostrando que la vida relacional humana se funda, no sólo en tensiones pulsionales sino también, en una disposición hacia el encuentro y la cohesión.
Esta doble condición — agresividad, sociabilidad y cooperación — no se resuelve en una síntesis simple; más bien, configura una paradoja básica de la existencia humana. En cada vínculo, no sólo se juegan deseos y frustraciones, sino también la tensión entre la autoafirmación y el reconocimiento mutuo donde el otro es visto como un igual. Según Jessica Bénjamin, esta tensión no es un obstáculo a eliminar, sino una dinámica ineludible que, si no puede ser sostenida, tiende a desbordarse en configuraciones de dominación y sumisión, que reproducen patrones de relación donde el otro deja de ser sujeto y pasa a ser objeto.
La dimensión agresiva no elaborada puede cristalizarse en afectos persistentes como el resentimiento, donde el sujeto queda fijado a una escena de agravio que se repite psíquicamente sin transformación, manteniendo viva una posición victimizada que, lejos de producir reparación, perpetúa el sufrimiento. En esta misma línea, la envidia —desarrollada por autores como Melanie Klein y posteriormente retomada por diversas corrientes psicoanalíticas con nuevos puntos de vosta— puede entenderse como la imposibilidad de tolerar la existencia de un bien en el otro sin sentirlo como privación propia, lo cual obstaculiza la capacidad de compartir y de reconocer alteridad. Cuando predomina una lógica narcisista de “uno o el otro”, el vínculo queda capturado en un imaginario psíquico donde la diferencia es vivida como amenaza y no como potencial de enriquecimiento mutuo.
Las condiciones socioculturales contemporáneas, atravesadas por la exhibición de la crueldad y la normalización de la agresión cotidiana, tienden además a producir subjetividades con un blindaje defensivo, con empobrecimiento de la resonancia empática y fragmentación afectiva.
Tal como ha señalado Michel Foucault, los dispositivos de poder no sólo regulan conductas, sino que configuran modos de subjetivación, generando mecanismos de normalización que inciden en la experiencia emocional y vincular de los sujetos. En contextos percibidos como hostiles, las identidades pueden rigidizarse en lógicas tribales de oposición (“nosotros vs. ellos”), reforzando aún más la dificultad para reconocer la subjetividad del otro. donde, recordando la paradoja planteada por Jéssica Bénjamin, uno de los polos queda negado: o bien el otro es reducido a objeto, o bien el sí mismo se somete para preservar el vínculo.
En este sentido, el resentimiento, la envidia y las manifestaciones sociales de la agresividad pueden comprenderse como déficits en la capacidad de reconocimiento mutuo. Cuando el sujeto no logra integrar la ambivalencia afectiva ni simbolizar la experiencia de frustración o herida narcisista, el otro deja de ser percibido como sujeto autónomo y pasa a ser vivido como enemigo, amenaza o instrumento, o siendo víctimas de las consecuencias de la cosificación que el otro produce sobre nosotros cuando no nos reconoce como sujetos, nos deshumaniza.
La tarea psíquica —y también ética- política y cultural— consistiría entonces en favorecer procesos de elaboración que permitan transformar la agresividad en conflicto simbolizable, abriendo la posibilidad de vínculos donde la diferencia no implique destrucción, sino coexistencia.
Lic. Mariela De Filpo Beascoechea





