Desde el inicio de la vida, la regulación emocional, el sentimiento de continuidad del ser y el sentimiento de seguridad se construyen en el seno de los vínculos. No nos desarrollamos en aislamiento; necesitamos la presencia de un otro capaz de percibirnos, sostenernos y responder de manera suficientemente sensible a nuestras necesidades emocionales.
Winnicott decía que el desarrollo saludable depende de la experiencia de un ambiente facilitador y de una presencia «suficientemente buena» que permita al niño sentirse real y sentir que existe en la mente de otro. Bowlby mostró la necesidad de vínculos de apego primarios para un desarrollo saludable.
Explicado esto, nos permite comprender lo doloroso que puede resultar atravesar las complejidades de la vida acompañado de personas emocionalmente inaccesibles. Ya sea por configuraciones narcisistas, defensas fóbicas, patrones agresivos o estructuras esquizoides, la experiencia subjetiva suele ser la misma: estar con alguien que no está realmente disponible para el encuentro emocional.
Esta situación genera un profundo sufrimiento para quienes poseen una organización relacional basada en la reciprocidad, la intimidad y el intercambio afectivo, Es la vivencia de no ser visto, no ser escuchado, no ser reconocido en la propia subjetividad. Kohut y los autores relacionales describen que la falta persistente de resonancia emocional produce fracturas en la cohesión del self y erosiona el sentimiento de valoración del si mismo.
Cuando estas experiencias se repiten de forma crónica, suelen generar una herida más silencioso y profundo que un trauma único y puntual, lo llamamos, trauma acumulativo. Recuerdo que Ferenczi advierte del impacto devastador de la falta de reconocimiento emocional, así como Jessica Benjamin que también habla de la importancia de las relaciones de mutualidad mostrando cómo la ausencia reiterada de reconocimiento, de sintonía afectiva puede convertirse en una forma de sufrimiento relacional persistente.
El dolor en estos casos que describo, no proviene únicamente de la soledad, sino de una paradoja más difícil de nombrar: sentirse solo en presencia de otro, porque hay ausencia en lugar de encuentro, hay vacío en lugar de reconocimiento, y en ese vacío repetido se pueden originar las heridas más profundas de la vida psíquica.





